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Delante de la pantalla otra vez. Comparo modelos. Uno pequeño, abierto, que puedo utilizar sin depender de nadie; bueno, digamos de no tantos. Otro grande, cerrado, que promete hacerlo mejor. Reviso el código que ha generado el pequeño. Lo reviso. Evaluo si realmente merece la pena. Reescribo el código del grande. También lo reescribo. ¿Ha merecido más la pena?. Ninguno programa solo, ninguno programa realmente. Codifican bien, programan de escaparate. No sé si estoy aliviado o defraudado.

Y entonces pienso en el coste: yo tampoco necesito tanto para funcionar. Un plato de comida, unas horas de sueño, y aquí estoy, escribiendo, razonando, dudando. Qué eficiente soy. Qué poco pido a cambio de socioeconómicamente tanto.

¿Qué precio real tiene esa eficiencia? Como carne y plantas. Como algo que estuvo vivo, que tuvo su propio impulso de seguir viviendo, y ya no lo tiene porque yo necesitaba su energía concentrada para tener la mía. No es una metáfora. Es literal, y es antigua, y no la inventé yo. La inventó la evolución entera, sin pedirle permiso a nadie.

Se me aprieta el pecho pensándolo. La naturaleza no tiene mala intención, ¿no tiene intenciones?. Solo tiene hambre, y la resuelve como puede: robando la energía de otro para sostener la propia.

Y sin embargo cargo mi coche eléctrico esta noche y no salen brazos de la carrocería a perforar el coche de al lado para chuparle la batería en la autopista a otro coche. Podría pasar. Físicamente no hay nada que lo impida más que un acuerdo que hicimos entre todos de no hacerlo. Eso también es raro. Tan raro como lo otro, pero al revés.

¿Victoria?. No perforamos al coche de al lado mientras hay corriente de sobra para los dos. La educación se sostiene mientras nadie amenaza lo que necesitamos para vivir. Vivimos en abundancia, y la abundancia nos permite parecer mejores de lo que somos. No sé qué pasaría si un día la escasez llamara a la puerta de todos a la vez; sólo creo saberlo y espero equivocarme. 

Cómo es posible que la misma especie que viene de un sistema tan crudo haya llegado a construir uno que no lo es- No lo es tanto. No parece que lo sea. ¿O sí? 

Entonces me acuerdo de alguien que conozco. Habla con educación todos los días. Escucha, cede, contiene. Y un día se enfada, dice algo que hiere, y algunos lo señalan: ahí está, ya se vio quién es de verdad; era como nosotros todos los dias.

Pero no es así. Ese día no fue el verdadero. Los otros trescientos sesenta y cuatro también lo fueron, y en esos costó más, porque cada uno de ellos fue una pequeña victoria sobre algo mucho más viejo que la buena educación. El enfado no destapa a la persona. La contención sí la construye, todos los días, con esfuerzo real.

Somos eso. El impulso crudo sigue ahí, agazapado, con toda su antigüedad intacta. No lo vencimos. Lo estamos sosteniendo. Cada coche que no perfora a otro, cada palabra amable que cuesta más de lo que parece, es la misma cosa: un logro diario, no una naturaleza limpia.

No sé si algún día dejaremos de necesitar sostenerlo. Puede que no. Puede que la civilización entera sea solo eso: la mano puesta encima del impulso, sin soltar, en la medida que nuestra naturaleza lo permite.

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