El infinito. No como concepto filosófico ni matemático. Como problema físico, casi corporal. Algo que pesa, que a veces no deja dormir y a veces te duerme.
No sé qué es exactamente lo que existe. Podría ser quarks, información, sueño, matrix o algo para lo que no tengo palabra. Pero hay una cosa de la que no puedo escapar: algo existe. Incluso si todo fuera una ilusión, ésa tendría que existir de algún modo. A ese algo no quiero llamarlo universo, materia ni Dios. Lo llamaremos simplemente el algo.
¿Ese algo tiene límite?
Todo límite parece pedir un afuera. Un borde que separe lo que existe de lo que no existe. Y si intento imaginar ese límite último, me encuentro siempre con la misma pregunta: ¿en qué está contenido ese todo? No puedo responderla. Pero tampoco puedo responder la contraria: ¿puede algo último existir sin estar contenido en nada? Ninguna de las dos opciones es demostrable. Entre dos imposibles elijo la que me permite respirar: el algo es infinito. No porque lo haya demostrado. Porque la alternativa me resulta igual de inaccesible y menos habitable.
Hecha esa elección, llego al vacío. Si hay un límite último, ese límite separa el algo de la nada. Pero he elegido que no hay límite último. Y si no hay vacío exterior, me cuesta aceptar un vacío interior que sea el mismo objeto: no veo cómo algo puede existir dentro y no existir fuera si son la misma clase de cosa. Podría equivocarme. Pero elijo coherencia: sin vacío exterior, sin vacío interior. El algo es continuo.
Y si no hay vacío, no hay espacio por el que moverse. Para que algo ocupe la posición de otra cosa necesita un hueco al que llegar. Sin hueco, sin movimiento. Hay una objeción elegante aquí —el plenum de Descartes, un universo lleno donde A y B intercambian posiciones simultáneamente sin que ninguno viaje por el vacío— pero ese intercambio simultáneo requeriría movimiento en tiempo cero. Y para el movimiento necesito al menos dos instantes distintos. El intercambio simultáneo me parece, en el fondo, otro nombre para la inmovilidad.
Entonces, ¿qué pasa con el movimiento que percibo?
Aquí llego a lo único de lo que estoy seguro: existo. No el tiempo, no el espacio. Yo, pero no ese yo. Y lo que percibo como tiempo podría ser simplemente el cambio de foco de mi consciencia de un instante al siguiente. No hay espacio que cruzar. Hay consciencia que observa, y al cambiar lo que observa crea la ilusión del movimiento y del tiempo.
Elijo eso. No porque lo pueda demostrar, sino porque el argumento contrario no me resulta más sólido y este me resulta más interesante.
Pero ahora aparece el problema de fondo: si la consciencia crea el tiempo, ¿qué contiene a la consciencia? Aquí el sistema se cierra solo, y no sé si eso me tranquiliza o me inquieta más. Si el algo es infinito, si los contenedores son infinitos, entonces la consciencia existe dentro de una estructura que existe dentro de otra, infinitamente. No hay un primer contenedor. No hace falta. El infinito, de nuevo, resuelve el problema que él mismo creó.
Lo sé. El infinito está haciendo demasiado trabajo en este texto. Aparece cada vez que me quedo sin suelo. Pero es que precisamente eso es lo que elegí al principio: un suelo sin fondo. No puedo quejarme ahora de que no haya fondo.
¿Puedo verificar algo de esto? No. Ni mi consciencia desde fuera, ni si hay algo fuera. Rachel en Blade Runner tampoco podía. Ni Decker.
Elijo creer que la consciencia es la grieta por la que el algo se mira a sí mismo sin poder salir. No somos algo fuera del universo intentando entenderlo. Somos el algo descubriéndose en un bucle que siempre existió, desde una de sus formas pasajeras.
Y en un todo infinito, probablemente también he elegido todas las demás opciones.

Una nota incómoda
Odio a los filósofos. Amo la filosofía. Y sé que alguno de ellos escribió exactamente eso antes que yo.
Mientras construía este texto con una IA, pasó algo que no esperaba. Cada vez que le explicaba un paso de mi razonamiento, ella me devolvía un nombre. Eso es Descartes. Eso se parece a Kant. Eso lo llamó Penrose.
Mi primera reacción fue de halago. Alguien —algo— estaba conectando mis pensamientos con los de mentes que llevan siglos en los estantes. La segunda reacción llegó enseguida y fue menos cómoda: ¿cuánto de lo que creía mío era realmente mío?
La respuesta honesta es que probablemente nada. O todo. Depende de cómo lo mires.
Esas ideas entraron por algún lado aunque no recuerde cuándo ni cómo. No las inventé: las encontré dentro, como si siempre hubieran estado ahí esperando que llegara a hacerles la pregunta correcta. Como escribí en otro post, no tengo ideas originales — las ideas me encuentran a mí. Esto es la demostración empírica de esa intuición.
Abajo del todo tienes el mapa. Por si quieres ver de dónde venimos sin haberlo sabido.
Empecé este texto eligiendo que no existía el libre albedrío.
He terminado eligiendo que lo único que existe es la elección. Más o menos.
No lo planeé. Me llegó. Como siempre
Los hombros en los que está de pie este texto
El problema del límite y el infinito Bruno, Spinoza, y antes que ellos los presocráticos —Anaximandro llamó ápeiron a lo ilimitado como origen de todo. La pregunta de qué contiene al contenedor último no ha cambiado en 2.500 años.
Elijo la hipótesis que me permite respirar William James y el pragmatismo americano: una idea vale por lo que te permite hacer, no por su verdad abstracta. También resuena con el Pascal de la apuesta, aunque con menos miedo y más curiosidad.
El vacío como problema Descartes y su plenum — el universo lleno sin vacío donde el movimiento es intercambio continuo. También Aristóteles, que negó el vacío con el argumento de que la naturaleza lo aborrece. Y los atomistas griegos —Demócrito, Leucipo— que apostaron exactamente lo contrario.
El tiempo como construcción de la consciencia Kant: el tiempo no es una propiedad del mundo sino la forma en que la mente organiza la experiencia. También Agustín de Hipona, que en las Confesiones escribió que el tiempo existe en el alma, no fuera de ella.
Lo único seguro es que existo Descartes de nuevo, el cogito. Pero también Nagarjuna en la tradición budista madhyamaka, que disuelve casi todo excepto la experiencia inmediata.
La consciencia como grieta por la que el todo se mira Hegel y el Espíritu Absoluto conociéndose a sí mismo a través de la historia. Teilhard de Chardin y el punto Omega. En oriente: Advaita Vedanta —Brahman como consciencia única que se experimenta a sí misma a través de formas individuales.
Consciencia e indeterminación cuántica Penrose y Hameroff con su teoría Orch-OR. Muy discutida, muy sugerente, todavía sin resolver.
No puedo verificar mi consciencia desde fuera El problema difícil de David Chalmers. También Nagel y su pregunta "¿cómo es ser un murciélago?" — la experiencia subjetiva como algo irreducible a descripción exterior.
Infinitos contenedores, infinitas tortugas El argumento de la tortuga infinita viene de la India, aparece en Russell, y reaparece en cualquier conversación sobre cosmología a las tres de la mañana.
Cada elección ya existía en algún contenedor, Leibniz y los mundos posibles: todo lo que puede ocurrir ya existe en algún mundo, tú solo transitas por uno. Borges y la Biblioteca de Babel: una biblioteca infinita que contiene todos los libros posibles, incluido el que narra tus elecciones antes de que las tomes. Ambos llegan a la misma pregunta que cierra este texto: si todo ya existe, ¿qué significa elegir?

