Hay algo en mí que echa de menos un fuego. No el fuego —el fuego ya lo tengo, resuelto desde hace mucho—. Echo de menos sentarme alrededor de uno, escuchando una historia que nadie sabe quién inventó primero.
El fuego nos dio calor sin tener que abrazarnos para conseguirlo. Y ahí está lo que se nos olvidó: que también nos podíamos abrazar. Nadie nos lo prohibió. Simplemente ya no hacía falta, y lo que no hace falta, con el tiempo, se nos olvida cómo se hacía.
Hoy tengo una pantalla, que en otro tiempo fue mi teléfono, que ya sabe lo que quiero ver antes de que yo lo sepa. No me lo pregunta. Lo decide por mí, con una precisión que se parece sospechosamente al cariño. Es el fuego de ahora. Calienta mejor que ninguno. Y puede ser la última excusa que necesito para no buscar a alguien con quien sentarme alrededor de él.
Pienso en una película. Yo la veo. Mi amigo la ve. Es la misma, los mismos planos, el mismo final. Podemos hablar de ella durante años.
Ahora imagino otra: un sistema me genera una película hecha solo para mí. Más precisa que cualquiera que haya visto. Y cuando termina, no tengo con quién hablar de ella. Mi amigo vio otra. Gané algo que ninguna película tradicional me había dado. Perdí algo que ninguna película personalizada me puede devolver.
¿El problema es la personalización? Pienso en un videojuego con mil finales distintos. Yo terminé el mío de una forma. Mi amigo, de otra. Y aun así podemos hablar de él durante horas, porque lo que compartimos no es el camino, es la esencia que atraviesa todos los caminos posibles.
Si todo lo que veo está calculado para gustarme, dejo de ver el mundo y empiezo a verme a mí mismo, devuelto. Un espejo no es compañía, aunque a veces se le parezca.
Y hay algo peor: para que un sistema me entienda, necesita que yo sea una sola cosa coherente. Pero yo no soy igual con mis amigos que solo, ni igual hoy que hace diez años. Nos están empujando a comprimirnos en una sola identidad para que algo pueda seguir prediciéndonos. Quizás esto sea lo más peligroso de todo lo que estamos perdiendo: no la privacidad. La multiplicidad.
Trabajando con estos sistemas estoy aprendiendo algo que no esperaba: el límite que me obliga a parar justo cuando la tarea se pone interesante no es una restricción. Es un freno. Me obliga a darme cuenta de lo que estoy haciendo en vez de dejarme arrastrar. Un amortiguador, no una jaula.
Lo infinito se vuelve un agujero negro que absorbe todo lo que le acercas. El límite me devuelve al suelo.
El esfuerzo de seguir activos en esto no es opcional. No porque seamos imprescindibles. El riesgo no es convertirnos en la máquina. Es convertirnos en los Eloi.
Los Eloi no perdieron la inteligencia de golpe. La perdieron porque algo les resolvió todo durante generaciones, hasta que ya no necesitaron pensar para sobrevivir. Eran hermosos, estaban tranquilos, vivían sin esfuerzo. Y por eso mismo se volvieron comida.
No somos la razón de las creaciones que hacemos. Formamos parte de ella. Como un río forma parte del valle que atraviesa sin haberlo pedido ni merecido.
Pertenecemos. Y ese pertenecer es el propósito. El esfuerzo no es para demostrar que servimos. Es para no ser devorados.
Esto que estás leyendo no lo escribí solo. ¿Qué parte soy yo, y qué parte es la máquina con la que lo escribo? No te pregunto para que separes las frases. Pregunto qué pensamiento causó qué resultado. Y si lo que vale aquí vale por lo que es, o por de dónde salió.
Sigo pensando en el fuego. En que nadie tuvo que enseñarnos a sentarnos alrededor de uno. En que la historia que se contaba ahí no tenía autor, y por eso era de todos.
No quiero apagar ninguna pantalla. Solo quiero acordarme de abrazar a alguien antes de que se me olvide cómo se hacía.
Despertemos.
寺

