This website uses cookies

Read our Privacy policy and Terms of use for more information.

Hay momentos en los que la vida te sorprende. No para bien.

Uno cree que la edad, lo vivido, las cicatrices acumuladas, sirven de vacuna. Que ya ha visto suficiente. Que nada puede pillarte tan desprevenido. Y entonces alguien te recuerda que la mezquindad no tiene cura conocida.

Pero lo que más desorienta no es el robo. Es la mirada.

Que alguien te robe mirándote a los ojos. Que te mienta con una calma perfecta mientras tú le crees. Eso no es solo una injusticia. Eso rompe algo dentro. Te obliga a dudar de lo que ves, de lo que entiendes, de lo que fuiste capaz de creer.

Y después viene algo todavía peor: hacerte consciente del camelo.

No te aplastan. Te explican. Te persuaden. Te hablan con paciencia infinita de por qué lo torcido es recto, de por qué lo sucio era necesario, de por qué lo que hicieron no solo estaba justificado, sino que además era casi inevitable.

Propaganda pura.

Se vendieron. No al sistema, que eso tendría incluso cierta épica triste. Se vendieron a los que mandan sobre el sistema, espero.

La traición no la perdono. Que quede claro.

No es rencor. Es principio.

Hay cosas que no se toleran. Que no se deben tolerar. Y reconocerlo no me parece una debilidad. Me parece lo único correcto.

Pero lo que más me destroza no es eso.

Yo puse la cara por algunos de ellos. Los defendí. Di mi palabra. Y mientras lo hacía, me estaban usando para engañar a otros. Gente que confiaba en mí. Gente a la que, sin saberlo, les mentí con su boca.

Eso no me lo tienen que perdonar ellos.

Eso me lo tengo que perdonar yo.

Y no es fácil.

A esa gente le pido perdón. De verdad. Sin excusas. Si algo puedo ofrecerles ahora es esto: ya sabemos lo que eran. Tarde, sí. Pero ya lo sabemos.

Lo que casi nadie sabe es que yo lo permití hace tanto tiempo.

Cedí mi sitio.

Lo hice porque me da miedo el poder. Porque no sé en qué me convertiría si lo abrazaba. Es tan tentador. Hay una versión de mí mismo a la que prefiero no darle demasiadas oportunidades.

Y ahora, después de años —años, no días— viendo lo ocurrido, casi me arrepiento de no haberla dejado salir.

Casi.

Ese casi es todo lo que soy ahora.

He aprendido la lección a las duras. Tarde. Años tarde. Tan simple. Tan jodidamente duro.

Y aun así duermo bien todas las noches.

Sin pastillas. Sin trucos.

Solo en mis peores momentos recurrí a la simple melatonina. Y no fue por lo que hice. Fue por lo que me hicieron. O quizá ambas cosas.

Esa diferencia, en la oscuridad de las tres de la mañana, lo es todo.

No les deseo ningún mal.

Bastante tienen con vivir así.

Yo sigo aquí. Más tarde, más viejo, menos ingenuo.

Pudiendo mirarme al espejo.

Y eso, al final, no es poco.

Reply

Avatar

or to participate

Sigue leyendo